Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña vuelven con El ser querido para retratar a un padre ausente, a la hija a la que abandonó y la toxicidad que el mundo del cine ha consentido durante décadas. Un duelo interpretativo memorable entre un Javier Bardem magnífico y una brillante Vicky Luengo.

A estas alturas empiezo a pensar que Rodrigo Sorogoyen y su inseparable coguionista Isabel Peña no saben hacer malas películas. Desde As bestas hasta la serie Antidisturbios, el tándem ha construido una de las filmografías más sólidas y reconocibles del cine español reciente, siempre con la tensión como seña de identidad. Por eso entré a ver El ser querido con muchas ganas y bastantes expectativas, y con la curiosidad de comprobar qué haría Sorogoyen lejos del thriller, en una película que se centra, por encima de todo, en la relación entre un padre y una hija.As besta
La película compitió por la Palma de Oro en el último Festival de Cannes, donde recibió una ovación de más de ocho minutos. Aunque salió sin premios del palmarés, ha recorrido festivales como Toronto, San Sebastián o Londres, y la Academia de Cine la preseleccionó (junto a La bola negra y *Los domingos*) para representar a España en los Óscar.
Esteban Martínez (Javier Bardem) es un director de cine aclamado, tan célebre por sus películas como por su carácter de enfant terrible y sus excesos. Tras trabajar años en Estados Unidos ha vuelto a España, mucho más maduro y habiendo dejado atrás el abuso de sustancias. Está preparando Desierto, un drama de época sobre la colonización española del Sáhara Occidental en los años treinta que se rodará en Fuerteventura con actores y equipo españoles, y para uno de los papeles piensa en Emilia (Vicky Luengo), la hija que tuvo en una relación anterior y a la que no ve desde hace más de trece años. Emilia es actriz, pero su carrera no despega, y Esteban le ofrece el papel como un empujón profesional. En el rodaje Esteban siempre tiene el control total y al principio se muestra educado y encantador con todo el mundo. Pero acabará mostrando su cara más oscura, lo que provocará choques con el equipo y con una Emilia que ha ido a hacer una película y no a volver a ser su hija.
La película arranca con el reencuentro entre padre e hija, una larga comida en un restaurante de Madrid, y me parece una de las mejores secuencias de presentación que he visto en mucho tiempo. No vemos el restaurante ni a los camareros ni al resto de clientes: solo a Bardem y Luengo, en primeros planos y planos-contraplanos que no dejan a los actores ningún sitio donde esconderse y les exigen un compromiso total. Según la producción, esos casi veinte minutos se rodaron de una tirada el primer día de rodaje, sin que los dos actores se hubieran visto antes en persona, y algo de esa incomodidad real se cuela en la pantalla. Sorogoyen es un maestro de la tensión, y aquí lo demuestra sin necesidad de persecuciones ni amenazas: la tensión se palpa en cada silencio, en cada reproche a medio formular, hasta el desenlace de la escena. Es una forma perfecta de presentar la película, sus personajes y lo que está en juego.
En lo formal, el director de fotografía Álex de Pablo mezcla digital, 35 mm, 16 mm y 8 mm, color y blanco y negro, y cambia de formato a medida que se tensa el rodaje de Desierto. Reconozco que al principio desconcierta, y entiendo a quienes la han encontrado a ratos un factor de distracción, pero creo que funciona: nos mantiene tan alerta e incómodos como a los propios personajes, y difumina la frontera entre la película que se rueda y la que estamos viendo. La música de Olivier Arson es escasa y contenida, y el montaje de Alberto del Campo deja respirar las escenas largas, que son el corazón de la película. Es cierto que los 135 minutos se notan en algún tramo, pero no me pesaron demasiado.
Javier Bardem está magnífico. Podría haber hecho de Esteban un monstruo sin matices, y en cambio le da muchas caras: el carisma, la arrogancia, la impaciencia y una amenaza siempre a punto de estallar. Esas facetas dan cuerpo y humanidad a un ególatra con muy poca paciencia y menos tolerancia, al que entendemos aunque no lo justifiquemos. Vicky Luengo le da la réplica brillantemente, y no es poca cosa aguantarle el pulso a Bardem en este registro: su Emilia muestra fuerza y vulnerabilidad a la vez, una dignidad herida que se defiende guardando las distancias. Si hay que poner un pero, es que el duelo central lo absorbe todo, y secundarios como Raúl Arévalo o Marina Foïs quedan bastante en segundo plano.
Más allá del drama familiar, El ser querido es un estudio de la toxicidad permitida en el mundo del cine, una toxicidad que probablemente exista en todas partes pero que aquí se centra en los platós. La película muestra cómo han cambiado los tiempos: hubo una época en que el artista genial ejercía de tirano con licencia para todo, para humillar y hacer la vida imposible a su equipo sin ninguna consecuencia, y eso hoy ya no se tolera igual. Pero también deja ver que, en el fondo, las cosas no han cambiado tanto: a un artista genial se le puede decir «basta», pero la industria siempre encontrará a otro dispuesto a acabar el trabajo. Me gustó mucho, además, el retrato realista del cine por dentro: los rodajes con su mezcla de tedio y diversión, las amistades intensas y efímeras que nacen y mueren en cada película, las esperas, las bromas, el agotamiento.
El ser querido me ha parecido una película excelente y la confirmación de que Sorogoyen y Peña saben salir de su zona de confort sin perder lo que los hace únicos. Hay quien la ha visto como un Sorogoyen menor, y no estoy de acuerdo: es más contenida y menos física que sus thrillers, pero igual de tensa e incómoda, y quizá más honda. Tiene algún exceso formal y algún minuto de más, pero la secuencia del restaurante y el duelo entre Bardem y Luengo ya justifican la entrada. Muy recomendable para todos los aficionados al buen cine, y especialmente para quienes sientan curiosidad por lo que pasa detrás de la cámara.
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