Backrooms

Cada vez más, los veranos nos ofrecen los mejores títulos de terror del año. Y es que el género disfruta de una gran salud que se traduce en éxitos de taquilla. Si el verano pasado nos dio títulos tan interesantes como Devuélvemela de Danny y Michael Philippou, Weapons de Zach Kregger o Sinners de Ryan Coogler - estas dos últimas llegando hasta los Oscar de 2026-, este verano nos promete otra buena cosecha. Empezando por Backrooms, un título producido por A24 que se ha convertido en el más rentable del estudio teniendo en cuenta su moderado presupuesto y gran recaudación.

Quien firma la película es Kane Parsons, un joven de 20 años que debuta en el cine adaptando el universo que creó con sus vídeos publicados en YouTube (que empezó a publicar con 16 años, con The Backrooms (Found Footage) en 2022). Parsons no está solo: la película está producida por James Wan y el guion es del veterano Will Soodik. Esta combinación se ha demostrado fructífera, el resultado final aúna la estética y la pericia en la forma de rodar de Parsons y el universo que ha creado en sus vídeos anteriores con una historia con personajes de carne y hueso y excelentes actores.

Ambientada a principios de la década de 1990, la historia sigue a Clark (interpretado por Chiwetel Ejiofor), un arquitecto frustrado y alcohólico que regenta una decadente tienda de muebles de descuento llamada Cap'n Clark's Ottoman Empire situada en una zona comercial venida a menos. Para intentar salir a flote, Clark protagoniza ridículos anuncios locales disfrazado de pirata, mientras lidia con el fracaso de su matrimonio y asiste a terapia con Mary (Renate Reinsve), una mujer atormentada por los traumas de su infancia provocados por una madre con severos problemas mentales.

Debido a sus problemas económicos, Clark tiene que dormir en su tienda. Por eso descubre que en el sótano hay una sección de la pared sobrenaturalmente porosa. Al cruzarla, entra en los Backrooms: un espacio aparentemente infinito de estancias conectadas por pasillos y escaleras con azarosos diseños. Los espacios están enmoquetados e iluminados con luces fluorescentes que zumban sin parar y mobiliario de oficina dispuesto sin lógica ni orden. El arquitecto que hay en Clark despierta cuando descubre esto y se dispone a desentrañar el misterio, pero pronto siente que no está sólo. Al cabo de varios días decide contarle su descubrimiento a Mary, pero ella no le cree y Clark abandona la consulta furioso y decidido a demostrarle su existencia. Para ello recluta a sus dos jóvenes y desastrosos empleados para que le ayuden a grabar en vídeo el lugar. Cuando entran, la situación se descontrola.

El apartado formal y visual de Backrooms es lo que más distingue a la película. Kane Parsons traslada la estética de sus vídeos de YouTube a la pantalla grande, combinando técnicas analógicas con tecnologías digitales para crear una atmósfera asfixiante y única.

A diferencia del cine de terror clásico que se apoya en las sombras y la oscuridad, Backrooms, gran exponente del llamado terror liminal, fundamenta su atmósfera inquietante en la sobreexposición y la uniformidad. Muchas de las habitaciones de los Backrooms tienen la iluminación homogénea y amarillenta de tubos fluorescentes parpadeantes. No hay rincones oscuros donde esconderse; el peligro está a la vista de todos. La paleta cromática está dominada por tonos beige, ocres y un amarillo mostaza desvaído que evocan decadencia.

Para hacer las cosas visualmente más interesantes, la cinta introduce fragmentos grabados cámara en mano con formato de vídeo que emula a la tecnología de la década de 1990: imágenes con relación de aspecto 4:3, con grano, aberración cromática, distorsión magnética en los bordes y el característico entrelazado del video analógico. Estos elementos, junto a unos movimientos de cámara en mano (que no llega nunca a marear) facilitan la inmersión en la historia, aumentan la inquietud y ofrecen variedad visual.

El guion de Will Soodik nos ofrece dos personajes que vertebran la película a los que dan vida dos excelentes actores. Ambos están marcados por el trauma y el aislamiento. Clark es hombre amargado, alcoholizado, que culpa de sus problemas a todo el mundo: su ex esposa fue egoísta y le impidió brillar en el campo de la arquitectura, sus rivales impiden que la tienda funcione. Está lleno de egoísmo, ambiciones frustradas e ira. Cuando Mary -que también se anuncia en los canales locales- no puede ayudarle, también la culpa a ella. Mary también se siente aislada. Su complicada niñez la marcó mucho y su profesión la frustra: ser incapaz de ayudar la hace sentir un fraude.

Todos esos traumas se acaban reflejando en los propios Backrooms. Ese no-espacio se modifica con las emociones y los recuerdos de los que lo transitan, creando distorsiones, como recuerdos que se difuminan y se deterioran a medida que se rememoran. Uno de los aspectos que más me gustó de la película son las preciosas metáforas visuales de cómo funciona nuestra memoria.

Aunque excelente en varios apartados, Backroom no me pareció exenta de algunos problemas. En mi opinión el mayor de ellos es el equilibrio entre las historias personales de sus protagonistas y el propio metraje de los Backrooms. El protagonismo de los espacios hace que esas tramas personales sean algo insustanciales. Ayuda en este aspecto que tanto Chiwetel Ejiofor como Renate Reinsve compensan con su expresividad esa falta de profundidad de sus personajes. De la misma forma, el tiempo que dedica la historia a hablar del trauma y la efectividad de la terapia no lo puede dedicar a dar más peso a la misteriosa compañía que investiga los Backrooms.

A pesar de esos elementos, en mi opinión lo positivo supera ampliamente a lo negativo. Backrooms es una película de terror que ofrece ideas novedosas, un formato visual fascinante y personal y otra forma de entender el género. Sólo por eso merece la pena su visionado.

Jordi Flotats

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